148/365 · Comunidad docente: compartir sin postureo
Reflexión crítica sobre la comunidad docente: diferencia entre compartir conocimiento genuino e influencerismo. Construyendo redes educativas auténticas sin pos
Vamos a abrir un melonazo. Un melonazo de los grandes y que probablemente me generará más críticas que apoyos, pero no hay problema, este es el espacio que he creado para ello. Porque llevo tiempo dándole vueltas a algo que veo en redes, en formaciones, en grupos de docentes... y creo que hay que decirlo claro: compartir conocimiento no es lo mismo que generar marca personal. Y comunidad docente real no es lo mismo que ecosistema de influencers educativos.
Hay muchísimos profesionales creando cuentas y generando contenido en redes, explicando su día a día en los coles, maestrinfluencers, opoinfluencers... es decir, un ecosistema alrededor de la educación que no conviene. Y ojo, no digo que toda presencia en redes sea mala, ni que compartir lo que haces sea problemático. Digo que hay una línea muy fina entre compartir para aportar y compartir para vender. Y esa línea se está difuminando de una forma que me genera mucha incomodidad.
La nueva Ley de Educación Digital y el límite que nadie quiere ver
La nueva Ley de Educación Digital de Galicia (en trámite de audiencia y anteproyecto) es bastante clara al limitar cualquier exposición, evidencias o datos que se difundan por parte de los docentes, ya sea en sus redes o en las del centro. Y esto ha generado quejas, críticas, "es que nos quieren censurar", "es que así no podemos compartir buenas prácticas"... Pero seamos honestos: ¿cuánto de lo que se comparte en redes es realmente compartir buenas prácticas, y cuánto es construir marca personal usando al alumnado como contenido?
Porque una cosa es publicar un recurso didáctico (un PDF, un código, una plantilla) para que otros docentes lo usen. Eso es compartir. Otra cosa es subir fotos de tu aula con tu alumnado haciendo actividades molonas para demostrar que tú eres un docente innovador. Eso no es compartir — es postureo. Y además, implica usar imágenes de menores (con consentimiento o sin él, que eso es otro tema) para construir tu imagen profesional. Y eso, éticamente, es cuestionable.
La ley está poniendo límites porque esos límites son necesarios. Porque los datos personales de menores no deberían ser moneda de cambio para likes, seguidores, o visibilidad profesional. Y si tu forma de compartir requiere exponer a tu alumnado, quizá no estás compartiendo — estás explotando.
Respecto a la nueva ley, aquí tienes el recurso que tengo publicado en mi web edumind.es
La experiencia que no se compra (y que algunos venden sin tener)
Pero no voy solo a eso. Voy a poner un ejemplo personal porque creo que así se va a entender mejor. Desde 2015 me presenté a las oposiciones en Galicia, de maestro de educación física. Ya lo había intentado en Murcia en 2013 pero no surgió, y eso me abrió las puertas del yoga y la meditación (algo que siempre agradeceré). Desde 2015 en Galicia pasé el primer examen (supuesto práctico y tema) cinco de siete veces, logré aprobar cuatro veces, tres sin plaza y una con plaza, lógicamente.
Creo que puedo hablar con confianza de que he pasado por aplicar leyes y normas de 2013, 2015, 2016, 2017, 2018, 2019, 2020, 2021, 2022, 2023, 2024... Y nunca me planteé preparar a personas en opos, generar negocio con ello, hasta tener una visión más completa una vez sacara la plaza. Porque sé que el proceso de opositar es duro, es muy amplio, y no vale con que seas el número uno un año... es algo circunstancial (y pienso, al igual que cuando saqué la plaza, que existe un factor suerte indudable).
La suerte juega, y mucho. Desde el momento en que se sortean miembros de tribunal (características, visión de su perspectiva educativa, cómo estén emocionalmente cuando llegas frente a ellos...), se sortean temas de un total, se sortea el orden en el que se lee (leer primero o último define muchas cosas, créeme que siete años, como te decía, dan para mucho). Pero veo con asombro cómo personas que acabaron la carrera, se cogen los temas de la academia que han usado y los complementos, y los venden y dan clases de opos después de aprobar a la primera como números uno.
No dudo de su valía, solo de su experiencia y recorrido. Y te lo pongo con esta metáfora: vas a subirte a un avión. En uno, el piloto lo contrataron fijo a la primera tras ser el mejor en el examen, sin más experiencia. Y en el otro, aprobó varios exámenes para entrar pero su nota no era la mejor, pero trabajó de copiloto cinco años, con vuelos largos, cortos, con diferentes condiciones meteorológicas... y lo contratan fijo. ¿Qué avión cogerías? ¿Con quién prepararías tu curso de piloto de vuelos?
Compartir desde la experiencia frente a vender desde el éxito puntual
Aquí está el quid de la cuestión: compartir conocimiento docente de valor requiere EXPERIENCIA. No solo conocimiento teórico, no solo haber aprobado unas oposiciones, no solo tener una programación didáctica bonita. Requiere haber estado en el aula, con alumnado real, en contextos diversos, durante años. Haber vivido lo que funciona y lo que no. Haber cometido errores y haber aprendido de ellos. Haber ajustado, iterado, reflexionado.
Y eso no lo tienes cuando apruebas a la primera. Lo siento, pero no. Puedes tener talento, puedes tener una preparación impecable, puedes haber estudiado muchísimo. Pero experiencia, no. Y vender preparación de oposiciones desde esa posición es, en el mejor de los casos, prematuro. En el peor, es aprovecharse de la desesperación de opositores que buscan fórmulas mágicas.
Porque el opositor que aprueba a la primera y se pone a preparar a otros está vendiendo UNA experiencia: la suya. Y esa experiencia es válida, pero es limitadísima. No sabe lo que es suspender y volver a intentarlo. No sabe lo que es ajustar la estrategia después de fallar. No sabe lo que es enfrentarse a tribunales con criterios completamente distintos en diferentes convocatorias. No sabe lo que es la resiliencia del que lleva años intentándolo. Y todo eso, créeme, importa. Y mucho.
La comunidad docente real (sin cámara, sin seguidores)
La comunidad docente real no está en Instagram. Está en los claustros, en los pasillos entre clase y clase, en las conversaciones de café donde alguien te cuenta cómo ha resuelto un problema que tú también tienes. Está en los grupos de trabajo donde se comparten recursos sin esperar likes. Está en los repositorios abiertos donde alguien sube un código, una plantilla, un documento, sin poner su cara ni su nombre en grande.
Esa comunidad no tiene glamour. No tiene filtros ni Stories. No genera engagement ni alcance. Pero es la que de verdad sostiene la profesión. Porque comparte desde la honestidad, no desde el postureo. Comparte lo que funciona Y lo que no funciona. Comparte dudas, no solo certezas. Comparte procesos, no solo resultados.
Y esa comunidad no necesita influencers. Necesita docentes con experiencia, con ganas de compartir sin esperar nada a cambio, con humildad para reconocer que no lo saben todo. Docentes que publican en abierto porque creen en el conocimiento compartido, no porque quieren construir marca personal. Docentes que documentan su práctica para mejorarla, no para presumir de ella.
El conocimiento compartido frente al conocimiento monetizado
Y aquí vuelvo a lo de siempre: el conocimiento generado en educación pública, financiado con dinero público, debería ser público. No vendido. No cerrado detrás de paywalls, de cursos de pago, de academias privadas. Público. Abierto. Accesible.
¿Que alguien quiere cobrar por su tiempo preparando a opositores? Vale, legítimo. Pero que no lo disfrace de "compartir con la comunidad". Porque compartir es gratis. Vender es otra cosa. Y ambas son legítimas, pero no son lo mismo. Y confundirlas es deshonesto.
Yo publico en edumind.es/recursos con licencias abiertas. Podría cobrar por ello. Podría montar cursos, academias, contenido premium. Pero no lo hago. Porque creo que el conocimiento que he generado como funcionario público, con alumnado público, en un centro público, debería ser público. Y porque creo en la comunidad docente que comparte sin esperar factura.
La experiencia como criterio de autoridad (no el número de seguidores)
Al final, cuando busques formación, cuando busques referencias, cuando busques a quién seguir o a quién escuchar, no mires los seguidores. Mira la experiencia. Pregunta: ¿cuántos años lleva en el aula? ¿En cuántos contextos ha trabajado? ¿Ha documentado fracasos o solo éxitos? ¿Comparte procesos o solo resultados? ¿Cobra por todo o comparte algo en abierto?
Y si alguien te vende la fórmula mágica para aprobar oposiciones a la primera, desconfía. Porque la fórmula mágica no existe. Existe la preparación seria, el esfuerzo sostenido, la reflexión profunda, y sí, también la suerte. Y quien te diga lo contrario, o te está mintiendo, o no tiene suficiente experiencia para saber que está simplificando un proceso complejo.
Compartir sin postureo es compartir desde la honestidad. Desde la experiencia real, no desde el éxito puntual. Desde la humildad, no desde la marca personal. Desde el aula, no desde el escenario. Y esa comunidad docente, la que comparte sin cámara, sin filtros, sin esperar aplausos... esa es la que de verdad construye educación.
Nos vemos mañana.