163\365 El agua no se ve igual en Canarias que en Galicia o Murcia

El curso pasado, ya casi acabando el curso —esa época en la que uno tiene la sensación de ir a contrarreloj con todo lo que quería hacer y no le dio tiempo— nos metimos en un proyecto que está en marcha ahora. Una convocatoria de Agrupaciones Escolares nos permitía trabajar con otros dos centros, cada uno en un punto muy distinto de España: uno en Canarias, otro en Galicia y por último, Murcia. La idea, contada así, suena sencilla: el agua como recurso. Pero cuando te pones a diseñarlo de verdad te das cuenta de que no estás hablando de un tema, estás hablando de tres realidades completamente distintas que comparten la misma palabra.

Aprender de lo que tienes al lado, no de lo que te cuentan

Llevo años dándole vueltas a algo que parece obvio pero que en la práctica cuesta mucho aplicar: el entorno de cada centro es un recurso pedagógico en sí mismo, y muchas veces lo ignoramos porque estamos más cómodos con la ficha, el libro de texto o el proyecto ya empaquetado que baja de alguna editorial. Y no digo que esas herramientas no sirvan —yo mismo las uso, sin ellas la vida del maestro sería bastante más dura— pero hay algo que no se puede comprar hecho, y es la relación que tu alumnado tiene con lo que le rodea. El agua en Murcia no es lo mismo que el agua en Galicia. Aquí hablamos de escasez, de regadío, de un recurso que se cuida porque falta. En Galicia el problema es casi el contrario: exceso, gestión, ríos que desbordan pero sin planes de sostenibilidad, con frecuentes episodios de exceso y sequía.Y en Canarias entra en juego algo que ni me había planteado hasta que empezamos a hablar con el otro centro: la desalación, el volcanismo, un ecosistema insular que convierte el agua en un asunto de supervivencia territorial de otra manera. Y por supuesto, la entrada de flujos migratorios.

Esto es Aprendizaje-Servicio en estado puro, aunque suene grandilocuente decirlo así. No se trata de estudiar el ciclo del agua en un libro y hacer un mural bonito para colgar en el pasillo (que también se puede hacer, y a veces hay que hacerlo, seamos honestos). Se trata de que el alumnado entienda que el conocimiento que está construyendo tiene un uso real, conectado con su comunidad, con lo que ve cuando sale de clase. Y cuando ese conocimiento se contrasta con el de otro centro que vive el mismo recurso de forma radicalmente distinta, pasa algo interesante: el aprendizaje deja de ser una verdad única que el profesor transmite y se convierte en una conversación entre perspectivas.

Lo que aporta trabajar con otros centros (y lo que complica)

No voy a idealizarlo, porque tampoco fue todo fácil al crear el proyecto. Hoy este proyecto sigue, pero no todos estamos en él por diferentes motivos como concursos de traslados o cambios de ciclos, pero la elaboración del mismo fue intensa. Coordinarse tres centros en tres comunidades autónomas distintas, con calendarios distintos, con ritmos de clase distintos, con equipos docentes que no se conocen de nada más allá de una videollamada, tiene su parte de caos.

Pero también es lo que le da sentido: si cada centro hubiera trabajado el agua por su cuenta, habríamos hecho tres proyectos correctos y ya está. Al ponerlos en diálogo, el alumnado empieza a construir algo que se parece mucho a lo que Vygotsky llamaba zona de desarrollo próximo, pero aplicado no solo entre iguales de la misma clase, sino entre chavales que ni siquiera se conocen y que aportan un andamiaje distinto: lo que uno no puede ver desde su ventana, lo ve el otro desde la suya, y entre los dos construyen una imagen más completa de la que ninguno tendría solo.

Y aquí entra también algo que menciono bastante en esta serie porque me parece clave: la motivación. Deci y Ryan llevan décadas insistiendo en que la autonomía, la competencia y la relación son las tres patas que sostienen la motivación intrínseca, y en un proyecto así las tres aparecen casi solas, sin que tengas que forzarlas con una gamificación artificial ni con premios. Autonomía porque el alumnado decide qué mostrar de su entorno. Competencia porque se convierten en los expertos locales, los que saben del agua de su tierra más que nadie. Y relación porque hay un motivo real para conectar con otros chavales que están a mil kilómetros y que, sin este proyecto, jamás habrían tenido ningún vínculo.

El entorno como currículo (aunque no venga en ningún libro)

Si eres de los que, como yo, a veces siente que el currículo oficial (mal interpretado) va por un lado y la realidad del aula por otro, este tipo de proyectos son una forma de tender puentes sin renunciar a nada. El agua da para trabajar ciencias naturales, sociales, lengua (hay que redactar, presentar, argumentar), matemáticas (datos de consumo, gráficas, comparativas entre territorios), y hasta valores cívicos, porque al final estás hablando de sostenibilidad y de cómo cada comunidad gestiona lo que tiene. No hace falta inventarse un recurso exótico ni comprar una licencia de una plataforma carísima para hacer algo así: hace falta mirar alrededor y preguntarse qué tiene tu entorno que el de al lado no tiene, y qué tiene el de al lado que el tuyo no.

Me quedo pensando en qué pasaría si esto se hiciera más a menudo, no como proyecto puntual de final de curso aprovechando una convocatoria, sino como forma habitual de entender el aprendizaje: el entorno como punto de partida, no como anécdota. Igual es una utopía con la carga de trabajo que tenemos. Pero cada vez que lo intento, aunque sea a trompicones, tengo la sensación de que ahí hay algo de verdad.