98/365 · Vamos a hacer las pruebas diagnóstico con ordenadores en cuarto de primaria
Crítica sincera sobre usar ordenadores en pruebas diagnóstico de cuarto de primaria. Cuándo la tecnología educativa ayuda y cuándo se convierte en un obstáculo
(y creo que no tiene ningún sentido)
Llevo varios días con una carga mental absurda. Y no es por las clases, ni por la evaluación, ni por las situaciones de aprendizaje. Es por algo que, sobre el papel, parece muy moderno, muy "siglo XXI", muy "competencia digital": las pruebas diagnóstico se van a hacer con ordenadores. En cuarto de primaria. Y cuando me enteré, lo primero que pensé fue: ¿y esto para qué? No porque esté en contra de la tecnología (ya sabéis que no lo estoy), sino porque hay proyectos digitales que parecen anticuados disfrazados de modernos. Y esto es uno de ellos.
Porque, a ver, hagamos un ejercicio de honestidad: ¿qué estamos midiendo realmente? ¿La competencia lectora, matemática o de ciencias del alumnado? ¿O su capacidad para navegar por una interfaz digital, usar el ratón sin que se les escape el puntero, y no bloquearse cuando la pantalla tarda tres segundos en cargar? Y no lo digo de broma. En cuarto de primaria, hay niños y niñas que aún están desarrollando su competencia digital básica. Y de repente, les ponemos una prueba que no solo mide lo que saben, sino también si saben manejarse con la herramienta. Y eso, señores, no es evaluar. Es confundir el medio con el fin.
Cuando la tecnología estorba más que ayuda
Lo que más me ha hecho reflexionar estos días es algo que llevo tiempo pensando pero que esto ha puesto sobre la mesa de forma brutal: la tecnología solo tiene sentido si responde a una necesidad pedagógica real. Y aquí no la hay. Porque si el objetivo es evaluar competencias curriculares, el formato digital no aporta nada que el papel no pueda hacer igual o mejor. De hecho, añade una capa de complejidad (y de ansiedad) que no estaba antes. Y para el alumnado con dificultades de atención, con problemas motrices, o con poca familiaridad con dispositivos digitales, esto es directamente una barrera.
Y no me malinterpretes: una implementación cuidadosa y contextualizada de las herramientas tecnológicas que proporcione enseñanzas personalizadas y retroalimentación instantánea puede resultar muy efectiva para el aprendizaje. Pero aquí no hay ni personalización, ni retroalimentación instantánea, ni contexto pedagógico claro. Hay una decisión administrativa que alguien tomó pensando que "digital = mejor", sin pensar en si realmente tiene sentido para el alumnado que va a hacer esas pruebas.
Y esto me conecta con algo que escribía hace unos días sobre las rutinas: si no me siento cómodo yo, difícilmente va a funcionar la clase. Pues lo mismo pasa con el alumnado. Si están más preocupados por no pulsar el botón equivocado que por responder a las preguntas, entonces hemos fallado. Y eso no es culpa de la tecnología. Es culpa de no haber pensado para qué sirve y cuándo tiene sentido usarla.
Ordenador por alumno: ¿para qué, exactamente?
Y esto me lleva a otro tema que tengo atravesado desde hace tiempo: no concibo un aula con ordenador por alumno para dar clase. Y ojo, esto no significa que esté mal. Significa que metodológicamente no me encaja. Porque si pones un ordenador delante de cada alumno, abres un PDF, y das una clase magistral… entonces sobra tecnología o sobra analogía. No estás usando la tecnología para nada que no pudieras hacer con un libro. De hecho, estás usando más recursos (energéticos, económicos, de infraestructura) para hacer lo mismo.
Ahora bien, un ordenador para trabajar en grupo, con libro físico (que también tengan digitalmente si hace falta, por accesibilidad), y con recursos creados ad hoc (htmls interactivos, simulaciones, actividades adaptadas)... eso sí lo compro. Porque ahí la tecnología está al servicio de algo: de la colaboración, de la adaptación, de ofrecer múltiples formas de acceder al contenido. Pero ordenador individual, PDF abierto, y clase frontal… no. Ahí la tecnología es un estorbo. Un estorbo caro, además.
Y lo veo constantemente: la falta de formación adecuada o el apoyo insuficiente a los docentes puede suponer un desafío a la integración de la tecnología en el aula, y es necesaria una supervisión adecuada para garantizar la implementación efectiva de tecnologías educativas en las aulas. Porque no basta con meter ordenadores. Hay que saber para qué los metes, cómo los vas a usar, y qué problema pedagógico resuelven. Y si no resuelven ninguno, entonces no hace falta meterlos. Por muy modernos que parezcan.
Señales de que la tecnología está estorbando (y no ayudando)
Después de darle muchas vueltas a esto (y de estar estos días más quemado de lo habitual por la carga mental que supone gestionar este tipo de decisiones que vienen de arriba), creo que hay algunas señales bastante claras de cuándo la tecnología está estorbando en lugar de ayudando:
Primera: Cuando el alumnado pasa más tiempo lidiando con la herramienta que trabajando el contenido. Si están más pendientes de si el ordenador se ha bloqueado, de si han guardado bien, de si han pulsado donde tocaba, que de resolver el problema matemático o de entender el texto… entonces la tecnología está estorbando.
Segunda: Cuando la misma tarea se podría hacer en papel con menos complicaciones y el mismo resultado. Si no hay nada en la versión digital que aporte valor (interactividad, feedback inmediato, personalización, simulación, colaboración en tiempo real), entonces es tecnología por tecnología. Y eso es perder el tiempo.
Tercera: Cuando genera más desigualdad de la que soluciona. Si hay alumnado que no tiene acceso a dispositivos en casa, o que no tiene la misma soltura digital que otros, y la tarea depende de eso, entonces estás ampliando brechas en lugar de cerrarlas. Y eso, en educación, es imperdonable.
Cuarta: Cuando el docente no entiende para qué está usando la tecnología. Si estás usando una herramienta porque "toca", porque "es lo que se lleva", porque "hay que ser innovadores", pero no tienes claro qué problema resuelve o qué mejora aporta… entonces es humo. Y el alumnado lo nota.
Y quinta: Cuando la tecnología sustituye el criterio pedagógico. Cuando delegas en una app, en una plataforma, en un algoritmo, las decisiones que deberías estar tomando tú como docente (qué necesita cada alumno, qué ritmo llevar, qué contenido priorizar), entonces has perdido el control. Y la tecnología ha dejado de ser una herramienta para convertirse en una muleta.
No todo es un desastre (pero hay que tener criterio)
Que conste que no estoy diciendo que la tecnología no tenga cabida en primaria. La tiene. Y mucha. Pero tiene que tener sentido. Tiene que responder a una necesidad real. Tiene que aportar algo que sin ella no podrías hacer, o que costaría mucho más esfuerzo hacer. Porque si no, estás complicando las cosas sin motivo.
Yo uso tecnología en mi día a día. Uso iDoceo para evaluar. Uso recursos interactivos cuando tienen sentido. He creado htmls adaptados para mi alumnado que les permiten acceder al contenido de formas que el libro no permite. Y funciona. Pero funciona porque tiene un propósito claro, porque resuelve un problema concreto, y porque yo tengo claro por qué lo estoy usando. No porque sea moderno, ni porque quede bien, ni porque alguien haya decidido desde un despacho que "hay que digitalizar".
Y cuando no tiene sentido, no lo uso. Y no pasa nada. Porque el objetivo no es usar tecnología. El objetivo es que mi alumnado aprenda. Y a veces, la mejor forma de que aprendan es con papel, lápiz, y una conversación cara a cara. Sin ordenadores, sin apps, sin pantallas. Y eso también está bien. De hecho, a veces está mejor.
Las decisiones también son pedagógicas (aunque vengan de arriba)
Y aquí está el quid de todo esto: cuando te imponen una decisión tecnológica desde arriba (como las pruebas diagnóstico con ordenadores), tienes que tomar decisiones. Porque aunque la decisión venga de fuera, tú sigues siendo el responsable pedagógico de tu aula. Y eso significa que tienes que preguntarte: ¿cómo voy a hacer que esto sea lo menos dañino posible para mi alumnado? ¿Cómo voy a minimizar la ansiedad que puede generar? ¿Cómo voy a asegurarme de que estamos midiendo lo que queremos medir, y no la capacidad de usar un ratón?
Y eso implica trabajo extra. Implica preparar al alumnado antes de las pruebas. Implica hacer simulaciones, explicar cómo funciona la interfaz, familiarizarles con el formato. Implica avisar a las familias para que no se asusten si ven que su hijo se bloquea delante de una pantalla. Y todo eso es carga mental. Carga mental que no existiría si alguien, en algún momento, se hubiera parado a pensar: ¿esto tiene sentido pedagógico? ¿O solo parece moderno?
Porque al final, la tecnología educativa no va de tener los últimos dispositivos, ni de estar a la última, ni de presumir de que tu centro es "innovador". Va de tomar decisiones con criterio pedagógico. De preguntarte siempre: ¿esto ayuda a que mi alumnado aprenda mejor? Y si la respuesta es no, o es "no lo sé", entonces la respuesta debería ser: no lo usamos. O al menos, no así.
Y esto, que parece tan obvio, se olvida constantemente. Porque hay mucha presión por "innovar", por "digitalizar", por "estar al día". Pero la innovación sin sentido pedagógico no es innovación. Es ruido. Y el ruido, en educación, lo único que hace es saturar. A los docentes, y sobre todo, al alumnado.
Así que sí, vamos a hacer las pruebas diagnóstico con ordenadores. Y voy a hacer lo que pueda para que mi alumnado no se hunda en el proceso. Pero no voy a fingir que esto tiene sentido. Porque no lo tiene. Y creo que hay que decirlo.
Nos vemos mañana.