105/365 · Software libre: por qué me importa (aunque no sea programador)

Por qué el software libre importa a los docentes de centros públicos. Independencia tecnológica, vendor lock-in y soberanía digital en educación.

Ayer escribía sobre Creative Commons, sobre cómo licenciar recursos para que otros puedan usarlos sin tener que pedir permiso cada vez. Y eso me ha hecho pensar en algo que va más allá de los recursos educativos: el software que usamos cada día. Porque una cosa es compartir un PDF con licencia abierta, y otra muy distinta es preguntarse qué pasa con las herramientas que usas para crear ese PDF, para comunicarte con las familias, para evaluar, para gestionar tu aula. Y ahí es donde entra el software libre. Y ahí es donde, aunque no sea programador, aunque no entienda de código, el software libre me importa. Y mucho.

Porque enseñar a los alumnos a confiar en software propietario les hace dependientes de las empresas de software, mientras que si les enseñamos a confiar en el software libre, pueden continuar usando ese recurso cuando sean adultos mientras enseñan a otros compartiéndolo. Y esto no es teoría. Es algo que veo cada día en mi aula de tercero. Cuando un niño aprende a usar solo Microsoft Word, está aprendiendo a depender de Microsoft. Cuando aprende que hay alternativas (LibreOffice, OpenOffice, Google Docs), está aprendiendo que hay opciones. Que la tecnología no es un monopolio. Y eso, en educación, es fundamental.

¿Qué es el software libre? (y por qué no es solo "gratis")

Lo primero que hay que entender es que el "Software Libre" es un asunto de libertad, no de precio, y se refiere a la libertad de los usuarios para ejecutar, copiar, distribuir, estudiar, cambiar y mejorar el software. Y esto es importante porque mucha gente confunde "libre" con "gratis". Y no es lo mismo. "Software libre" no significa "no comercial", un programa libre debe estar disponible para uso comercial, desarrollo comercial y distribución comercial, y el desarrollo comercial del software libre ha dejado de ser inusual.

Pero lo que realmente marca la diferencia son las cuatro libertades que define Richard Stallman (el padre del software libre, ese que lleva décadas peleando por esto): la libertad de usar el programa con cualquier propósito (libertad 0), la libertad de estudiar cómo funciona el programa y modificarlo, la libertad de redistribuir copias, y la libertad de mejorar el programa y hacer públicas las mejoras a los demás, de modo que toda la comunidad se beneficie.

Y cuando lo pones en contexto educativo, esto tiene mucho sentido. Porque el software libre favorece a que los estudiantes aprendan cómo funcionan las computadoras y el propio software, y al permitirles el acceso al código fuente, les facilita el aprendizaje. Y aunque mi alumnado de tercero no va a ponerse a programar (todavía), el mensaje de fondo es importante: la tecnología no es una caja negra. Es algo que se puede entender, modificar, mejorar. Y eso genera una mentalidad muy distinta a la de "esto funciona así porque sí".

Vendor lock-in: o cómo convertirte en rehén de una empresa sin darte cuenta

Y aquí está el quid de la cuestión: cuando usas software propietario, estás generando dependencia. Y esa dependencia tiene un nombre técnico: vendor lock-in. En economía, dependencia del proveedor (en inglés vendor lock-in) hace referencia a la incapacidad de un usuario o cliente de reemplazar un proveedor de productos y servicios sin afrontar costos sustanciales.

Y esto pasa constantemente en educación. Se utilizan programas y sistemas operativos propietarios que muchas veces se dejan a buen precio para el mundo escolar, cuando no se regala directamente, todo ello para poder crear el futuro mercado del que se nutrirán económicamente numerosas empresas cuando estos alumnos pasen a ser hombres y mujeres trabajadores entrenados con un determinado tipo de software durante sus años escolares.

Y lo he visto. He visto cómo Microsoft regala licencias educativas. He visto cómo Google ofrece Workspace "gratis" para centros. Y no lo hacen por altruismo. Lo hacen porque saben que si formas a un niño de primaria en tus herramientas, ese niño va a seguir usándolas cuando sea adulto. Y va a pagarlas. Y va a formar a otros en esas mismas herramientas. Y así, generación tras generación, creas un mercado cautivo. Y eso, en educación pública, no debería ser aceptable.

Por qué me importa

Yo no soy programador. No sé escribir código (bueno, chapuceo algo de HTML, pero eso no cuenta). Pero el software libre me importa porque trabajo en un centro público. Porque mi responsabilidad no es formar consumidores de productos de Microsoft o de Google. Es formar ciudadanos críticos, autónomos, capaces de tomar decisiones informadas sobre la tecnología que usan.

Y los vendedores de software privativo pueden ofrecer licencia educativas a bajo coste o gratuitas pero es simplemente una estrategia comercial para captar futuros clientes y formar en sus productos a costa del erario público. Y eso no me parece bien. Porque estamos usando dinero público (aunque sea indirectamente, en forma de tiempo de formación, de infraestructura, de dependencia futura) para beneficiar a empresas privadas. Y eso es exactamente lo contrario de lo que debería hacer la educación pública.

Y además, hay menos miedo de vendor lock-in con software libre. Porque si mañana LibreOffice desaparece, hay otras alternativas. Pero si mañana Microsoft decide multiplicar por diez el precio de sus licencias, ¿qué hacemos? ¿Pagamos? ¿Migramos todo el sistema educativo a otra plataforma? Para salir del vendor lock-in, los datos y procesos deben ser migrados a un nuevo proveedor, y tal migración es a menudo un proceso complejo, ya que el bienestar de la organización depende del éxito de la migración, y debe ser planificada y probada previamente, y una migración compleja siempre implica un alto nivel de riesgo.

Lo que el software libre aporta a la educación

El software libre se puede copiar y redistribuir en los centros docentes de forma gratuita permitiendo dedicar los recursos a otras partidas como adquirir más ordenadores, formación del profesorado, desarrollo de software libre, y esto también ayuda a paliar la "brecha digital" en las escuelas de países en vías de desarrollo. Pero el coste es un argumento a favor del software libre pero no el más importante.

Lo importante es lo que aporta en términos de valores, de pedagogía, de independencia. Porque acorde con la educación en valores que se desarrolla en las escuelas, debe fomentarse la cooperación y la solidaridad, y esto aplicado a la informática significa compartir software, hacer copias a todos los compañeros de clase, llevarse a casa el software que se usa en clase, pero esto si se hace con software privativo es un delito de piratería.

Y esto genera una contradicción brutal: por un lado, enseñamos a nuestro alumnado a compartir, a colaborar, a ayudarse. Pero luego les decimos que compartir software es ilegal. ¿Cómo se sostiene eso pedagógicamente? No se sostiene. Y el software libre resuelve esa contradicción. Porque con software libre, compartir no solo está permitido. Está fomentado.

Y además, con el software libre, los profesores pueden proporcionar una copia de los programas a cada estudiante, de esta forma los padres no tienen que tomar la decisión de gastar más y los chicos de familias con menos recursos pueden aprender con las mismas herramientas. Y esto, en un centro público con alumnado de contextos socioeconómicos muy diversos, es fundamental. Porque no puedo pedir a las familias que compren licencias de software. Pero sí puedo darles un pendrive con LibreOffice, con GIMP, con Audacity, y decirles: esto es vuestro, podéis usarlo donde queráis, podéis compartirlo con quien queráis, y no os va a costar ni un euro.

¿Y entonces no uso nada propietario?

No voy a mentir: uso software propietario. Uso iDoceo para evaluar (y es de pago, y es propietario). Uso Google Drive a veces. Y uso recursos que no son libres cuando no tengo alternativa mejor. Pero lo hago siendo consciente de la dependencia que estoy generando. Y lo hago intentando minimizarla. Y lo hago sabiendo que, siempre que pueda, voy a elegir la alternativa libre.

Porque en los centros educativos deben revisarse los programas que se están utilizando en la actualidad para determinar si existen alternativas libres a los mismos, e igualmente con los nuevos programas que se empiecen a utilizar deberían buscarse siempre sus equivalentes en programas libres, y cuando se enseñen habilidades digitales básicas, debe siempre ampliarse el marco de enseñanza para que el alumnado pueda ver diferentes tipos de programas de cada uno. Y eso es lo que intento hacer. Enseñar que hay opciones. Que la tecnología no es un camino único. Y que elegir software libre es una decisión ética, no solo técnica.

Esto no va solo de herramientas, va de soberanía

Al final, el software libre no va solo de ahorrar dinero, ni solo de tener acceso al código fuente. Va de soberanía tecnológica. De no depender de decisiones que toman empresas privadas en otro continente. De poder decidir qué herramientas usas, cómo las usas, y para qué las usas. Y eso, en educación pública, debería ser un principio no negociable.

Porque cuando usamos software propietario en los centros, estamos delegando decisiones pedagógicas en empresas que no tienen ningún interés en la educación más allá del beneficio económico. Y eso no puede ser. La educación pública tiene que tener control sobre sus herramientas. Y el software libre es la única forma de garantizar ese control.

Y sí, esto requiere esfuerzo. Requiere formación. Requiere salir de la zona de confort de "lo que todo el mundo usa". Pero merece la pena. Porque al final, se trata de educar en libertad. Y no puedes educar en libertad si las herramientas que usas te tienen atado.

Nos vemos mañana.