97/365 · Si no me siento cómodo yo, difícilmente va a funcionar la clase (y esto también va de rutinas)
Descubre cómo las rutinas predecibles crean un ambiente seguro en el aula. Luis comparte desde su experiencia cómo tu bienestar como docente impacta directament
Llevo un par de días dándole vueltas a algo que tiene que ver con lo que escribía sobre evaluación, pero desde otro ángulo. Porque evaluar cada día sin ahogarte requiere un sistema, sí, pero ese sistema solo funciona si tú te sientes cómodo con él. Y eso me ha hecho pensar en algo que aprendí hace años, cuando daba clases de yoga (sí, antes de meterme de lleno en educación, pasé una temporada enseñando yoga, y no, no era tan zen como suena): las rutinas no son solo para el alumnado. Son, ante todo, para ti. Porque si tú no tienes una estructura que te dé seguridad, que te permita moverte con cierta soltura por la sesión sin tener que estar pensando constantemente en qué viene ahora, entonces estás gastando energía mental que necesitas para otras cosas. Como, por ejemplo, estar presente de verdad.
En yoga, yo siempre empezaba de la misma forma: un ejercicio de atención plena concreto (siempre el mismo), y terminaba con otro (siempre, o casi siempre, el mismo). Y eso me daba un marco. Sabía cómo empezar, sabía cómo cerrar, y lo que pasaba en medio podía variar dependiendo del grupo, del día, de lo que necesitaran. Pero el inicio y el cierre eran constantes. Y eso me permitía tener cierto control y manejo. Y cuando digo control, no me refiero a controlar al grupo (que también), sino a sentirme yo cómodo. A no estar pensando todo el rato en si me estoy olvidando de algo, en si la transición está funcionando, en si estoy perdiendo el hilo. Y esto, que parece obvio, en las clases de primaria es fundamental para mí. Si no me siento cómodo, si no tengo una estructura que me sostenga, entonces todo se desmorona. O al menos, yo me desmorono.
Cada área tiene su propia rutina (pero hay patrones que se repiten)
En cada clase y cada área tengo mi propia rutina. En educación física, por ejemplo, siempre empiezo con un momento de llegada al espacio (que suele ser el patio o el gimnasio), donde nos juntamos, repasamos qué vamos a hacer hoy, y hacemos un calentamiento breve que, dependiendo de la edad del grupo y el nivel, suelen hacer autónomamente para poder yo revisar, apoyar y organizar si es necesario otros elementos. Y siempre termino con una vuelta a la calma, donde recogemos material, nos sentamos en círculo, y hacemos una reflexión rápida sobre la sesión. Y entre medias, pasa lo que tenga que pasar: juegos, circuitos, trabajo técnico, lo que toque. Pero el inicio y el cierre son predecibles. Y eso, para mí, es clave.
Y no solo para mí. Las rutinas predecibles en el aula pueden contribuir a crear una sensación de calma y orden, además de aliviar la ansiedad y los comportamientos relacionados de algunos estudiantes. Y esto lo veo cada día. Hay alumnos en mi clase de tercero que necesitan saber qué va a pasar. Que si de repente cambio la estructura sin avisar, se descolocan. Y yo también. Porque las rutinas aportan predictibilidad y claridad acerca de lo que sucederá a lo largo de la jornada, y esa predictibilidad no es rigidez. Es seguridad. Es saber que hay un marco, y que dentro de ese marco, podemos movernos.
Y aquí está el matiz importante: rutina no es repetición mecánica. No es hacer siempre lo mismo de la misma forma porque sí. Es tener una estructura que te permite ser flexible dentro de ella. Porque si cada día tengo que inventarme cómo empezar, cómo gestionar las transiciones, cómo cerrar… entonces estoy sobrecargando mi propia carga cognitiva (y la del alumnado). Y eso, a la larga, no funciona.
La carga cognitiva no es solo para el alumnado
Sweller (el de la carga cognitiva, que lleva décadas investigando esto) lo tiene claro: cuando sobrecargas la memoria de trabajo con información irrelevante o con decisiones constantes, el cerebro se satura. Y esto no es solo para el alumnado. También pasa con los docentes. Si cada sesión tengo que estar tomando mil decisiones sobre cosas que podrían estar automatizadas (cómo empezar, cómo organizar el material, cómo gestionar las transiciones), entonces estoy usando recursos mentales que necesito para lo importante: observar, ajustar, responder a lo que está pasando en el aula en tiempo real.
Y las rutinas ayudan a eso. Porque cuando tienes una rutina clara, no tienes que pensar en ella. Simplemente ocurre. Y eso libera espacio mental. Para ti, y para tu alumnado. La capacidad de atención del alumno es de aproximadamente 10 a 15 minutos, por lo que sería recomendable dividir el tiempo de clase en bloques de aproximadamente 15 minutos de duración. Y dentro de esos bloques, si hay una rutina clara de cómo empezamos, cómo cambiamos de actividad, cómo cerramos, entonces la transición no genera pérdida de atención. Genera continuidad.
Estructura sí, pero con flexibilidad (que no es lo mismo que caos)
Una de las cosas que más me ha costado aprender es la diferencia entre estructura y rigidez. Porque yo soy de los que, cuando algo funciona, tiende a repetirlo hasta el infinito. Y eso, a veces, está bien. Pero otras veces, te das cuenta de que estás tan aferrado a la rutina que has perdido de vista para qué servía. Y ahí es cuando la rutina deja de ser una herramienta y se convierte en una jaula.
El DUA (Diseño Universal para el Aprendizaje, esos de CAST que llevan años diciendo cosas que tienen bastante sentido) habla de esto: ofrecer rutinas predecibles para dar seguridad, pero también actividades abiertas donde cada uno avanza a su ritmo. Y eso es exactamente lo que intento hacer. Tengo una estructura que se repite: cómo empiezo, cómo organizo los tiempos, cómo cierro. Pero dentro de esa estructura, hay espacio para la variación. Para ajustar en función de cómo está el grupo ese día. Para cambiar una actividad si veo que no está funcionando. Para parar y hacer otra cosa si hace falta.
Y esto no es incompatible con la rutina. Es complementario. Porque la rutina te da el marco, y la flexibilidad te permite moverte dentro de ese marco sin sentir que lo estás rompiendo. Y esto, para mí, es lo que marca la diferencia entre una clase que funciona y una clase en la que estoy todo el rato tratando de apagar fuegos.
Rutinas que dan autonomía (y que no infantilizan)
Otra cosa que he aprendido (también a base de equivocarme) es que las rutinas no pueden ser algo que impones desde arriba y que el alumnado sigue porque sí. Tienen que tener sentido. Y tienen que dar autonomía, no quitarla. Porque implementar rutinas claras proporciona una base sólida para fomentar la responsabilidad y la autonomía en los estudiantes. Y eso solo pasa si las rutinas están diseñadas para que el alumnado sepa qué hacer sin necesidad de que yo esté constantemente dando instrucciones.
Por ejemplo, en educación física, cuando llegamos al gimnasio, hay una rutina clara: dejamos las mochilas en un lateral, nos sentamos en círculo, repasamos qué vamos a hacer, y empezamos. Y eso lo hacen sin que yo tenga que decirlo. Porque lo hemos hecho 40 veces. Y eso les da autonomía. Saben qué se espera de ellos, saben cómo moverse por el espacio, y no necesitan que yo esté todo el rato diciendo "ahora esto, ahora lo otro". Y eso, para mí, es oro. Porque me permite estar atento a lo importante: a cómo están trabajando, a quién necesita ayuda, a qué ajustes tengo que hacer.
Y esto no solo funciona en educación física. También en el aula ordinaria. Cuando hay rutinas claras para cómo empezamos el día, cómo gestionamos el trabajo individual, cómo recogemos al final, entonces el alumnado puede moverse con autonomía. Y eso reduce la carga cognitiva para todos. Porque no tienen que estar preguntando constantemente qué tienen que hacer. Y yo no tengo que estar constantemente respondiendo.
Mis rutinas no son tus rutinas (y eso está bien)
Una cosa que me parece importante decir: lo que me funciona a mí no tiene por qué funcionarte a ti. Porque las rutinas son algo único de cada maestro, y lo que puede funcionar para uno, quizás no funcione para otro. Y eso está bien. Porque las rutinas no son una fórmula mágica que copias y pegas. Son algo que construyes en función de cómo eres tú, de cómo es tu alumnado, de cómo es tu centro, de qué áreas impartes.
Yo necesito empezar las sesiones con un momento de calma. Porque si no lo hago, me siento disperso. Pero hay compañeros que prefieren empezar con algo más dinámico, más movido. Y eso también funciona. Porque lo importante no es la rutina en sí, sino que te dé a ti la seguridad que necesitas para poder estar presente. Y eso es diferente para cada persona.
Y también varía según el área. En educación física, mi rutina de inicio es diferente a la de lengua. Porque el espacio es diferente, el tipo de actividad es diferente, y lo que el alumnado necesita para conectar con la sesión también es diferente. Pero en todas hay puntos en común: un inicio claro, transiciones marcadas, y un cierre que permite recoger y cerrar la sesión de forma consciente.
Y sí, a veces me la salto (y no pasa nada)
No voy a mentir: hay días en los que la rutina se va al traste. Porque llego tarde, porque hay una actividad especial, porque el grupo está revolucionado y necesito cambiar el plan sobre la marcha. Y esos días, la rutina no funciona. Y eso está bien. Porque la rutina no es una camisa de fuerza. Es una herramienta. Y como toda herramienta, a veces la usas y a veces no.
Pero lo que sí he aprendido es que, cuando me salto la rutina sin motivo claro, las cosas se complican. El grupo se descoloca. Yo me descoloco. Y lo que debería ser una sesión fluida se convierte en un caos gestionable, pero caos al fin y al cabo. Así que intento, siempre que puedo, mantener el marco. Aunque lo que pase dentro del marco cambie.
Porque al final, las rutinas no van de repetir por repetir. Van de crear un espacio predecible donde tú y tu alumnado os sentís seguros. Y desde esa seguridad, poder trabajar, explorar, equivocarse, aprender. Y si tú no te sientes cómodo, si no tienes esa estructura que te sostiene, entonces es muy difícil que el resto funcione. Y esto no es algo que se diga mucho, pero debería: está bien necesitar rutinas. Está bien necesitar sentirte cómodo en tu propia clase. Porque si no te sientes cómodo tú, difícilmente vas a poder crear un espacio donde tu alumnado se sienta cómodo.
Y eso, al final, es lo importante.
Nos vemos mañana.