174/365 Ocho coles en cinco meses, brilé en todos, y de ahí salió un deporte

Ayer te contaba que lo de ir de centro en centro me obligó a construirme una base metodológica que aguantara en cualquier sitio — porque cuando no sabes en qué pabellón vas a estar el mes que viene, o si vas a tener pabellón, aprendes rápido que lo único que te puedes llevar en la mochila es el modelo. Y me quedé con ganas de contar la otra cara de esa historia, que es bastante menos elegante y bastante más interesante: qué pasó cuando lo de cambiar de centro se volvió absurdo. Porque hay un curso de mi vida profesional que fue directamente un chiste administrativo, y de aquel chiste salió lo mejor que he hecho en educación física.

El curso completo que me dio tiempo a pensar

Vamos por orden. Con la vuelta a las aulas después del confinamiento tuve la suerte — y la digo sin ironía, porque en interinidad un curso completo en el mismo centro es un lujo — de estar un año entero en el mismo cole. Y aquello me dio algo que hasta entonces no había tenido: continuidad. Poder empezar algo en octubre y verlo en mayo. Poder equivocarme en noviembre y arreglarlo en enero con los mismos niños.

Ahí nació Los Mundos Edufis, que fue mi propuesta de gamificación para el área y que acabé publicando en el libro de actas del Congreso EDUCA 2021. Y no la voy a vender como una maravilla: era un armazón narrativo con mundos, con progresión, con retos, montado a base de probar y de tachar lo que no funcionaba. Lo que sí me dio fue una convicción que no he perdido — que el contexto que le pones a una tarea motriz cambia la tarea. El mismo desplazamiento con obstáculos es otra cosa distinta si tiene un por qué dentro de una historia.

Y al curso siguiente, ocho coles

Al curso siguiente vino la parte de la que todavía me río, porque si no te ríes te da algo. Una confusión administrativa — desafortunada, por decirlo suave — me dejó en la lista de llamamientos justo cuando yo pensaba que iba a cubrir otro curso completo. Y a la lista de llamamientos le sumas la ola de la variante ómicron, con bajas por todas partes, y ya tienes la tormenta perfecta: ocho colegios en cinco meses. Y ojo al detalle, porque es el que hace que la cuenta duela: dos de esos ocho fueron bajas de un mes cada uno. Echa cuentas de lo que dura una sustitución media en el resto. Hubo coles en los que aprendí los nombres justos antes de irme.

Aquello es, sobre el papel, la peor situación posible para hacer nada mínimamente serio. No hay tiempo de crear vínculo, no hay tiempo de montar una temporada, no hay tiempo de nada. Llegas, te dan una llave, te dicen dónde está el material (o no) y a las nueve y media tienes veinticinco niños delante que no saben quién eres y que, con toda la razón del mundo, no tienen ninguna intención de fiarse de ti.

Y en esa situación, con muy poco margen, lo que haces es tirar de lo que funciona seguro. Y lo que funciona seguro en primaria, te guste o no, es el brilé.

Brilé en los ocho, y brilé distinto en los ocho

Esto es lo que me pareció increíble y lo que le dio sentido a todo el desastre. En los ocho coles estaban jugando al brilé. En los ocho. Como si hubiera un acuerdo nacional no escrito. Pero — y aquí está el quid de la cuestión — en ninguno de los ocho se jugaba igual.

En un sitio el balón que rebotaba en el suelo ya no quemaba. En otro sí, y además valía cazarlo al vuelo para revivir a un compañero. En otro tenías tres vidas y una zona de cementerio detrás del campo contrario. En otro había un capitán que si caía, caía el equipo entero. En otro no se podía cruzar la línea de medio campo ni pisándola, y en otro sí pero solo para recoger. Cada colegio había hecho, sin saberlo, un trabajo de diseño de reglas de años, generación tras generación, en el recreo, sin ningún maestro delante. Y lo habían hecho para resolver problemas concretos: que el juego durara más, que no ganara siempre el mismo, que los pequeños no se aburrieran esperando, que no hubiera discusiones sobre si el balón había tocado el suelo.

Y yo, que iba de cole en cole con mi libreta, me convertí sin querer en algo parecido a un etnógrafo del brilé. Iba viendo variantes, comparándolas, quedándome con las que resolvían bien un problema y descartando las que generaban otros. Un mes en cada sitio no me dio para hacer un proyecto largo, pero me dio para algo que no habría conseguido de otra forma: ocho versiones del mismo juego probadas en ocho contextos distintos. Eso no lo compras.

Tres conos y ya tienes otro deporte

El problema del brilé, en su versión estándar, lo conoces igual que yo. Es un juego de eliminación, y los juegos de eliminación tienen un defecto de diseño brutal: el que más lo necesita es el primero que se va fuera. El niño con menos habilidad motriz cae en los primeros treinta segundos y se pasa el resto del juego sentado en el banco, que es exactamente el sitio donde no se aprende nada. Y encima acaba siendo un mecanismo de castigo social — porque en cuanto le toca a alguien caer pronto, ya sabemos todos quién va a ser.

Estuve dándole vueltas a eso durante semanas, cole tras cole. Y la solución, cuando llegó, fue de una tontería absoluta: tres conos. Puse tres conos en el fondo de cada campo, y la victoria dejó de estar en eliminar al rival para estar en tirar sus tres conos. Ahí cambió todo. Así nació el TowerTouchball.

Porque fíjate en lo que pasa cuando mueves el objetivo. De repente eliminar al contrario ya no es el fin, es como mucho un medio — y no siempre el mejor medio, porque mientras estás persiguiendo a un rival hay tres conos tuyos sin defender. Aparece la necesidad de defender, que en el brilé no existía. Aparecen los roles espontáneos: alguien se queda atrás cuidando la base, alguien se lanza a atacar, alguien hace de enlace pasando el balón. Aparece la conversación táctica, que es la parte que a mí más me interesa, porque de golpe los niños están hablando de organización espacial sin que nadie les haya dado una charla sobre organización espacial. Y sobre todo: el niño con menos nivel motor ya no es un lastre, porque defender un cono, interceptar, pasar el balón al que está mejor colocado… todo eso son funciones reales y valiosas que no exigen tener el mejor lanzamiento del grupo.

Lo que no me esperaba: que el deporte lo terminaran ellos

Y ahora la parte que no había planeado y que me pareció, sinceramente, increíble. Yo puse los tres conos y una regla básica. Nada más. Todo lo demás — y hablo de la mayor parte del reglamento actual — lo trajo el alumnado.

Funcionaba más o menos así: jugábamos, algo no cuadraba, y ellos protestaban. Porque los niños protestan cuando un juego es injusto, siempre, con una sensibilidad para la injusticia que a veces nos vendría bien a los adultos. "Profe, es que si están todos defendiendo no se puede meter". "Profe, es que si tiras desde muy cerca es imposible fallar". "Profe, y si te pillan cuando has cruzado, ¿qué?". Y en lugar de resolverlo yo con mi autoridad de maestro — que es lo rápido y lo cómodo — les devolvía la pregunta: vale, ¿y cómo lo arreglamos? Probamos tu idea la próxima vez y vemos si funciona.

Y probábamos. Y unas veces funcionaba y otras salía fatal y había que volver atrás. Así fueron entrando la zona desde la que no se puede lanzar, los matices de qué pasa cuando te dan, cómo se vuelve al juego, qué se puede hacer y qué no en campo contrario. Cada regla del TowerTouchball tiene detrás un niño concreto que se quejó de algo concreto en un cole concreto. Eso, para mí, vale más que el deporte en sí.

Porque lo que estaba pasando ahí — y me llevó un tiempo darme cuenta — es que estábamos trabajando en la parte alta de la taxonomía de Bloom con una naturalidad que no consigo ni de lejos con una ficha. Analizar por qué el juego está desequilibrado, evaluar si una propuesta lo arregla, y crear una regla nueva. Analizar, evaluar, crear. Los tres niveles superiores, en el pabellón, en pantalón corto, sin que nadie lo llame proyecto de investigación.

Cómo hacer esto tú, sin morir en el intento

Si te apetece probarlo, te cuento lo que he aprendido a base de hacerlo mal. Lo primero: no les pidas que inventen un deporte desde cero. Eso no funciona. Una hoja en blanco es el peor punto de partida posible — con una hoja en blanco te sacan una mezcla de fútbol y de lo que vieron en un vídeo, y encima cinco grupos hacen lo mismo. Parte siempre de un juego que ya conocen y cámbiale una sola cosa. Una. El objetivo, o el móvil, o el espacio, o la forma de puntuar. Y a partir de ese único cambio, deja que el juego se rompa y que ellos lo arreglen.

Lo segundo, y esto es puro Sweller: no abras diez decisiones a la vez. Si les pones a decidir simultáneamente cómo se puntúa, cómo se elimina, cómo se pasa, cuánto dura y qué material se usa, se saturan y el debate se convierte en ruido. Una decisión por sesión, bien discutida, probada y cerrada. Y las decisiones cerradas se apuntan en algún sitio visible, porque si no la semana siguiente nadie se acuerda de lo que habíamos acordado (y aquí incluyo al maestro).

Lo tercero: tienes que estar dispuesto de verdad a que salga una regla que a ti no te gusta. Si les pides opinión y luego solo aceptas las ideas que coinciden con la tuya, lo huelen en dos sesiones y se acaba el juego — se acaba el juego de verdad, no el deporte.

Mañana volvemos a las aulas, al menos en Galicia. Te deseo mucha suerte, y sobretodo ilusión.

Mañana nos vemos ;)