95/365 Cuando la plataforma se convierte en una barrera más
Llevo toda la semana dándole vueltas a esto porque el otro día, preparando una notificación para un alumno, el canal oficial (Abalar) no lo tenían disponible y el uso habitual en el aula era la agenda (es un aula en la que no soy tutor). Al hacerlo así, hay que ser consciente de que existen grandes diferencias sobretodo en la inmediatez, asegurarse la recepción y oficialidad... En papel a veces no me llega respuesta.. Y no es que pasen de mí (bueno, quizá una sí, pero eso es otra historia). Pero si uso la app, es que, sencillamente, no llegan a ella. No tienen el hábito, no entienden cómo funciona, o directamente no tienen acceso estable. Y ahí estoy yo, tan contento mandando circulares digitales y otras en papel... mientras hay familias que se están perdiendo información que, para sus hijos, es importante.
Esto no va de demonizar la tecnología. Lo digo claro: las estrategias más eficaces son aquellas que promueven una comunicación bidireccional y frecuente, no limitada a incidencias o problemas, y una plataforma bien usada puede facilitar eso muchísimo. Pero aquí está el matiz: bien usada. Y "bien usada" no significa solo que funcione técnicamente, sino que llegue a todas las familias, que no excluya, que no sature, que no convierta la comunicación en un vertedero de notificaciones que nadie lee porque ya no sabe ni dónde mirar.
La trampa de la eficiencia: cuando comunicar más no es comunicar mejor
Uno de los problemas que he observado —en mi centro y en otros— es que enviar información tan variada por un único canal sin clasificar puede generar saturación. Y esto pasa constantemente. Usamos la misma plataforma (o el mismo grupo de WhatsApp a nivel docente, que es todavía peor) para todo: para avisar de una excursión, para recordar que hay que traer el libro de lectura, para notificar una ausencia, para pedir colaboración en un proyecto… Todo mezclado, todo urgente, todo notificación. Y al final, ¿qué pasa? Que las familias o compañeros dejan de leer. Que la información importante se pierde entre el ruido. Que la comunicación se convierte en saturación.
Y luego está el otro lado: las familias que ni siquiera llegan a esa saturación porque con las familias con las cuales no acaban de funcionar los canales de comunicación tradicionales, tampoco hacen uso de los digitales, añadiendo otros factores como la brecha digital, la falta de formación o de acceso a los recursos digitales. Esto lo he visto en mi experiencia: hay familias que no contestan porque no leen, y hay familias que no leen porque no pueden, o porque no saben, o porque tienen otras prioridades más urgentes (que las tienen, y muchas).
La brecha digital no es solo de acceso, es también de uso
Cuando hablamos de brecha digital en educación, solemos pensar en conexión a internet, en dispositivos, en infraestructura. Y sí, la pobreza es una de las principales barreras para el acceso a la tecnología, y las familias de bajos ingresos a menudo no pueden permitirse comprar computadoras, tabletas o teléfonos inteligentes. Pero la brecha no es solo esa. También es de hábitos, de alfabetización digital, de confianza en el uso de herramientas tecnológicas. Hay familias que tienen móvil pero que no saben (o no se atreven) a usar una app escolar. Hay familias que reciben las notificaciones pero que no entienden qué tienen que hacer con ellas. Y hay familias que, directamente, no tienen tiempo ni energía para aprender a usar una plataforma nueva cuando llegan a casa después de una jornada que les ha dejado sin fuerzas.
Y aquí está el quid de la cuestión: si la herramienta que elijo para comunicarme con las familias excluye a las que más lo necesitan, entonces no es una buena herramienta. Por muy práctica que sea para mí. Por muy "moderna" que parezca. Si no llega a todas, falla.
¿Y entonces qué? ¿Volvemos al papel?
No se trata de volver al papel por nostalgia, pero tampoco se trata de eliminar el papel por modernidad. Se trata de diversificar los canales: no todas las familias tienen acceso a correo electrónico o plataformas educativas, por lo que algunas estrategias eficaces incluyen cartas o boletines en papel, grupos de mensajería instantánea con normas claras, encuentros presenciales o llamadas telefónicas. Y esto no es "retroceder". Es ser realista. Es ser inclusivo. Es entender que la comunicación no es lo que yo envío, sino lo que la otra persona recibe y entiende.
Comunicar sin saturar, incluir sin excluir
Entonces, ¿cómo lo hacemos? No tengo una fórmula mágica (si la tuviera, estaría vendiéndola en lugar de escribiendo esto un jueves por la tarde). Pero sí tengo algunas cosas claras después de darme cuenta de que estaba dejando familias fuera sin querer:
Primera: Menos canales, mejor usados. Si uso plataformas oficiales, correo, agenda y teléfono… al final nadie sabe dónde mirar. Mejor elegir dos o tres y ser coherente. Y dejar claro cuál es para qué.
Segunda: No asumir que todo el mundo sabe usar la herramienta que yo he elegido. Si voy a usar una plataforma, tengo que explicar cómo se usa. Y no una vez en septiembre, sino las veces que haga falta. Y si hay familias que no pueden, buscar otra vía.
Tercera: La comunicación importante, por escrito y confirmada. Y si no hay confirmación, buscar otro canal. Porque si yo envío algo y no me aseguro de que ha llegado, no estoy comunicando. Estoy lanzando botellas al mar.
Cuarta: No todo es urgente. No todo necesita notificación. A veces, menos es más. Y una circular semanal bien estructurada puede funcionar mejor que 15 mensajes sueltos.
Y quinta (y esto me cuesta): aceptar que la herramienta perfecta no existe. Siempre va a haber familias para las que funcione mejor el papel, otras para las que el móvil sea lo más cómodo, y otras para las que lo mejor sea una llamada de cinco minutos. Y eso no es un problema. Es la realidad. Y si quiero llegar a todas, tengo que aceptar que voy a tener que usar varias vías.
Esto no va solo de plataformas
Al final, este tema va mucho más allá de qué app usar o si el papel está "obsoleto". Va de entender que la comunicación con familias en contextos de diversidad educativa es mucho más que una estrategia organizativa: es una forma de construir comunidad, de generar inclusión y de asegurar el derecho de todas las personas a participar en el proceso educativo. Y que si mi forma de comunicarme excluye a alguien, entonces estoy fallando. Aunque mi plataforma sea la más moderna del mercado.
Y sí, esto me obliga a repensar cosas. A volver a usar la agenda. A hacer llamadas que antes resolvía con un mensaje. A imprimir alguna circular que antes solo enviaba por email. Pero también me obliga a algo más importante: a recordar que la tecnología es una herramienta, no un fin. Y que comunicar con las familias no es "informarles". Es construir un vínculo, una confianza, un espacio común desde el que trabajar juntos para que sus hijos aprendan y crezcan en un entorno que les respete y les incluya.
A veces, eso significa mandar un PDF por la plataforma. Y a veces, significa escribir una nota en la agenda. Y las dos cosas están bien. Lo que no está bien es asumir que, porque yo he enviado algo, ya he comunicado.
Nos vemos mañana.